Con gusto entregaría la cabeza de cualquier político en bandeja de plata por haber podido hacer algo así.

La niebla es uno de mis “motivos fetiches”: me encanta, pero nunca he sabido encontrarle el punto, empezando porque siempre se me ha mostrado esquiva. Tendríais que verme cuando estoy en mis queridas montañas y amanece un día neblinoso con posibilidades. Las carreras que nos damos mi mujer y yo con el coche o andando persiguiendo la niebla son memorables. El resultado más habitual es que cuando llego a un lugar estético y fotografiable la niebla ya no está allí.

Alguna vez he visto algún video tutorial donde un gurú explicaba en medio de un idílico paisaje neblinoso el como sacarle todo el partido al asunto, y explicaba, explicaba y explicaba sin hacer ninguna foto y perdiendo tiempo, y la niebla quieta, espesa y obediente se mantenía allí en su sitio como si fuera de “atrezzo”. Ostras, a mi nunca me ha pasado eso y por ello me corroe una nada sana envidia cochina.

De todas maneras sigo intentándolo, y es verdad que las pocas imágenes brumosas algo decentes que he conseguido tomar tienen para mi un cierto aire mágico que hace que me encanten.

Solo por eso os cuento cosas de este breve tutorial que ha publicado Óscar Condés sobre el tema.

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